Es sábado. Día asignado para realizar la compra de la semana. Hemos calculado préviamente cuánto nos vamos a gastar, qué artículos son los que vamos a comprar y qué productos no nos son necesarios. Cogemos el carrito, y nos dirigimos al supermercado.

Nada más entrar nos encontramos de frente con la primera sorpresa: los “kitkats” están en oferta, ¡y ahora además en packs de 3! Los coges pensando en que “un día es un día” o “por si me entra el hambre a media tarde”. Continuas con tu recorrido. Has hecho una perfecta lista de la compra, con los ingredientes que hacen falta para preparar la comida de toda la semana (verduras para el sofrito, bandejas de carne y pescado, yogures para el postre…). Te diriges a la sección de verduras y hortalizas. Como es habitual en la mayoría de los supermercados, antes tienes que pasar por la sección de cereales (mal llamados “cereales de desayuno”), cuyos personajes te miran fijamente a los ojos. Coges aquellos que pone “con vitaminas y minerales” sin percatarte que el azúcar es el ingrediente prioritario que aparece en su etiquetado nutricional. “Si tiene vitamina B y hierro serán buenos”, piensas, aunque no entiendes muy bien la función de estos elementos en tu organismo. Llegas a la nevera de las verduras y coges una bolsa de lechuga. Aprovechas para coger también la Salsa César que está al lado (“para darle un gustillo diferente a la ensalada”, te autoconvences). Coges las bandejas de pechuga de pollo y te fijas que ya tienes la cesta de la compra casi llena (“pero si no tenía que comprar tanto”, te lamentas). Llegas al final de tu camino, la nevera de los lácteos (también conocido como “el paraíso del azúcar” o “pastelería láctea”). Eliges los Activia sabor frutos del bosque, que tienen “bifidus de esos”, que te han dicho que van muy bien para ir al baño. También añades un mousse de chocolate 0 % (¿de azúcares o de grasas?) por si “algún dia me entra el gusanillo de dulce” y te diriges a la caja. Antes de pagar, te compras unos chicles sin azúcar. Otro sábado más, te has pasado del precio establecido y tienes la nevera llena de “por si acaso” o productos prescindibles (y altamente calóricos).

Lanzo una pregunta al aire: ¿somos libres en nuestras decisiones alimentarias o estamos condicionados por lo que nos vende la indústria alimentaria?

Jordi Costa
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